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Móviles inteligentes, Tablets, Phablets, SmartWach, Gadgets 2.0… vivimos en un estándar tecnológico sin precedentes en la historia y nos creemos más listos que nunca. Sin embargo, seguimos siendo tan incautos como hace 100 años, sobre todo cuando se mezclan las palabras, dinero, inteligencia y ego en la misma frase.

Hace un par de días en el diario el país se publicaba la historia del llamado “Madoff Valenciano”. Este ejemplo de “iluminación” e inteligencia estafó más de 350 millones de euros a inversores prometiendo rentabilidades desorbitantes de más del 20% a través de inversiones en los “glamurosos” mercados de divisas.

Entre la escena de Tony Leblanc en “los tramposos”, donde el magistral actor saca los cuartos a través del “timo de la estampita” a un recién aterrizado pueblerino en la capital y nuestro genio de las finanzas valenciano, solo hay una pequeña diferencia; el pueblerino tras el timo es perfectamente consciente de lo incauto que es. Es increíble como aún hoy los “timados”, retratan al “iluminado” como << buena persona>>, << un gran vendedor>> y con una <<inteligencia superior a la media>>.

Cuando el timo de este genio es más viejo que la coca cola.

Corrían los felices años 20 en la autodenominada tierra de las oportunidades. Hablamos de Estados Unidos.  Miles de emigrantes se carteaban desde América con sus familias en el viejo continente. En ellas, incorporaban unos cupones que servían como respuesta a las misivas. Fue también un emigrante italiano: Carlo Ponzi, el que se percató que estos cupones podían venderse a un mayor precio en Estados Unidos y de ahí partió su prometedor e innovador negocio.

Es muy importante que estos iluminados usen siempre vehículos de inversión extraños. Esto dota de opacidad a la operación y a la vez da “cache” y exclusividad a los pobres incautos que se sienten más listos que el resto de los mortales. En el caso de nuestro paisano valenciano era el elitista mercado de las divisas, y en el del señor Ponzi los cupones de correos.

Sea lo que sea donde se invierta la pasta la fórmula es sencilla: prometer rentabilidades desorbitadas para captar fondos rápidamente, y con estos se van pagando los altos intereses prometidos. Y  claro está, como estos se cobran y la gente los ve, los toca y se los gasta, se dispara la sensación de imbécil que yo puedo tener por el hecho de que mi cuñado o amigo invierte en algo super exótico y le saca un 20% mientras que yo me paso la vida negociando con el banco para que me dé un mísero 0,50% a un año. Esta sensación conlleva a que se dispare la confianza ciega, con lo que van entrando mas inversores y con ellos mas pasta. Pasta con  la que pagar los altos intereses que el negocio promete.

En este tipo de operaciones el marketing es importantísimo. Es imposible sacar los cuartos a un incauto sin hacerle ver que, “él” es especial, el producto es especial para “el”, porque “el” lo es, y por que “el” es más inteligente y merece mucho más que el resto de gasterópodos que pueblan este planeta. Y esto ciega al incauto, como al pueblerino de la película.

¡Aislaos! Como una gota de aceite en el agua, frente a frases como esta:

“estos tíos son unos monstruos… saben lo que hacen y nunca fallan”

“los bancos están bien, pero esto es otra historia” “están a otro nivel”

“Yo invierto en intangibles, y le saco un 20%”

Pero, ¿nadie se preguntó cómo demonios genera liquidez un sello sin venderlo? este, es otro ejemplo de esquema Ponzi. Y es que el postureo y nivelazo que provocaba el contar nuestras  inversiones en “intangibles” en las reuniones sociales, superaba con creces la pregunta. (Que más me da, mientras me paguen)

Es evidente que apenas se corte el flujo de entrada, se cae la pirámide como un castillo de naipes, yéndose todo al garete. (Incluido nuestros “iluminados” inversores).

Este tipo de fraudes han tomado su nombre de su creador “sistema Ponzi o fraude Ponzi”, y es que hasta para denominar delitos también hace falta marketing y en eso los americanos son geniales. Pero en este caso no es así. En honor de la verdad casi 50 años antes una ilustre española, Baldomera Larra  (hija del Ilustre escritor), aprovechó su buen nombre (marketing), para pagar rentabilidades del 30% a través de inversiones en oro. ¿Os suena?. Efectivamente 6 años tardo la pirámide en deshacerse y la buena de Baldomera en salir por patas, dejando totalmente sin papeles a 5.000 inversores.

A  partir de hoy ya sabéis… evitad los fraudes tipo “Larra”.